Un día lluvioso llegamos a esta casa. La maleza lo rodeaba todo de manera voraz. Se adivinaban los perfiles de una construcción con solera y aromas de otros tiempos. Cuando entramos en ella, el agua de la lluvia caía desde la claraboya por la escalera principal dándonos la bienvenida a una casa encantada. Las puertas, chirriantes , se abrían no sin esfuerzo a nuestros golpes de hombro. Las ventanas pegadas a sus marcos dejaban divisar apenas una selva de plantas alocadas que trepaban por doq
uier conquistando el paisaje. Al fondo, como motas de colores, se adivinaban lo que en otra hora habían sido tejados, fachadas, corredores de madera… Una frágil palmerita tropical se elevaba de aquel bosque dotado de vida propia. Por encima del conjunto, la sierra del Sueve. Realmente majestuosa. Mágica. Pensamos que alguien de esta familia se había vuelto loco de remate trayendonos aquí. Ese maravilloso loco es mi padre. Veníamos de México. De intentar, como tantos otros, labrarnos un futuro e
n el país de las oportunidades. Fuimos de la mano del fútbol a vivir nuevas experiencias y tras algunos años allí decidimos emprender el camino de regreso a casa. Llevábamos demasiado tiempo fuera y no conseguíamos echar raíces en ningún lado. Habí amos oído a mi padre la historia de esta aldea. De sus tiempos felices. De sus años de infancia. De los vecinos, de la escuela, de las vacas, de los indianos, de la pequeña casería de mis abuelos en Fanu, de las leyendas del Puerto Sueve… de la liber
tad. De sus días más felices… y nos pusimos manos a la obra contra viento y marea. Esta es ahora nuestra casa. Un lugar de reencuentro a los pies de aquella mágica montaña: La Caravera nos ha dado la oportunidad de conocernos mejor a nosotros mismos y nuestra propia naturaleza. Esta casa nos pertenece porque nosotros pertenecemos a esta casa. Si historia es la nuestra y queremos compartirla con vosotros. Pondremos el corazón para que también os e ntreguéis a los placeres olvidados de la vida, a
la melodía de los bosques, al calor del fuego, al sonido de la lluvia tras los cristales, a los atardeceres rojos sobre la falda del Sueve, al olor a la hierba recién cortada… bienvenidos a esta casa y esta familia. Esperamos que los disfruteis tanto como nosotros y que escribais, en sus fuertes muros, vuestra propia historia.
Sandra Cuesta